Arte y Cultura
La sonrisa del mal (The holy boy): ¿qué estarías dispuesto a hacer para dejar de sufrir?
Por Alisha Lizbeth
La sonrisa del mal, cuyo título internacional es The Holy Boy y cuyo título original italiano es La valle dei sorrisi, fue una de las películas proyectadas en la 58.ª edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, donde cerró la sección Noves Visions. Dirigida por el cineasta italiano Paolo Strippoli, fue una de las propuestas de Sitges que más consiguieron sorprenderme y, sobre todo, una de las que continuaron dando vueltas en mi cabeza después de abandonar la sala.
Cuando elijo una película, procuro saber lo menos posible sobre ella. No suelo leer detenidamente la sinopsis y mucho menos ver el tráiler, porque demasiadas veces terminan revelando escenas, giros o detalles que habría preferido descubrir mientras veo la historia. Para mí, una parte esencial del cine consiste precisamente en dejarse sorprender.
Me gustan las películas que consiguen absorberme por completo, aquellas en las que dejo de sentirme una espectadora y empiezo a vivir la historia casi como si fuera uno de sus personajes. Eso fue exactamente lo que me ocurrió con La sonrisa del mal.
La elegí por dos razones. La primera fue su cartel, que me pareció suficientemente inquietante como para despertar mi curiosidad sin contarme demasiado. La segunda fue reconocer el nombre de Paolo Strippoli, director de Piove y codirector de A Classic Horror Story. Ya había visto parte de su trabajo anterior y me había parecido lo bastante interesante como para volver a apostar por él. Strippoli, además, no era nuevo en Sitges: ya había presentado Piove en la sección Panorama en 2022. Eso era prácticamente todo lo que sabía cuando entré a verla.
Un pueblo en el que todos sonríen
Sergio es un profesor de educación física y antiguo campeón de judo que llega a Remis, un pequeño pueblo italiano aparentemente idílico. Es un hombre sombrío, introvertido y cortante, marcado por un dolor y una culpa que no consigue superar. Bebe, mantiene a los demás a distancia y sufre unos extraños episodios de inmovilidad cuya causa el espectador tampoco comprende al principio.
Remis, por el contrario, es conocido como el pueblo más feliz de Italia. Sus habitantes son amables, compasivos y parecen vivir permanentemente satisfechos. Todos sonríen, todos se ayudan y nadie parece enfadado, atormentado o verdaderamente triste.Precisamente por eso, desde los primeros minutos, algo resulta inquietante.
El contraste entre Sergio y los habitantes del pueblo es uno de los mayores aciertos de la película. Él parece llevar todo el dolor del mundo sobre los hombros, mientras que las personas que lo rodean viven dentro de una serenidad casi perfecta. Sin embargo, esa felicidad tan uniforme, en lugar de tranquilizar, comienza a generar sospechas.
Resulta chirriante ver a un hombre tan sombrío, introvertido y hostil tratando de convivir con un pueblo entero que parece haber eliminado de su vida cualquier emoción desagradable. Sergio no encaja en ese lugar, pero precisamente su incapacidad para adaptarse es lo que le permite detectar que detrás de tantas sonrisas existe algo profundamente extraño.
Sus ojos se convierten en los ojos del espectador. A través de él vamos descubriendo por qué todos están tan contentos y qué se esconde detrás de esa aparente armonía. La respuesta no es bonita ni reconfortante. Es dolorosa, perturbadora y mucho más inesperada de lo que parece.
El espectador como investigador
Tengo una mente de investigadora privada. Cuando veo una película, intento adelantarme a lo que va a suceder. Observo los gestos, las frases y los pequeños detalles como si estuviera jugando una partida de ajedrez contra el director. Intento imaginar cuál será su siguiente movimiento y descubrir hacia dónde pretende llevarme.
Por eso valoro especialmente las películas capaces de vencerme. La sonrisa del mal fue una de ellas. Durante buena parte del metraje intenté construir mis propias explicaciones, pero Paolo Strippoli fue desmontando mis hipótesis una tras otra. La película ofrece algunas pistas, pero evita entregar respuestas fáciles. Cuando finalmente revela la verdadera dimensión de lo que sucede en Remis, la historia adquiere un significado mucho más incómodo.
Sergio empieza a relacionarse con Michela, la joven encargada de la posada del pueblo, quien percibe inmediatamente que algo no está bien en él. Ella intenta ayudarlo y lo introduce en el extraño mecanismo mediante el cual los habitantes de Remis consiguen liberarse de aquello que les hace daño.
En el centro de ese proceso se encuentra Matteo, un adolescente reservado cuya presencia parece tener la capacidad de absorber el dolor de los demás. Los habitantes se reúnen con él para encontrar el alivio que no han conseguido alcanzar por sí mismos.
Al principio, Sergio contempla todo aquello con incredulidad. Sin embargo, cuando empieza a experimentar una transformación real y siente que disminuyen su culpa, su sufrimiento y sus episodios físicos, comienza también a cuestionar sus propias certezas.
No entiende cómo funciona. No encuentra una explicación lógica ni una relación coherente entre lo que hacen y el alivio que experimenta. Pero funciona.
Y ahí comienza el verdadero conflicto.
¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para dejar de sufrir?
La sonrisa del mal no se limita a contar una historia sobrenatural. Su planteamiento central es mucho más profundo: ¿qué sería capaz de hacer una persona para dejar de sentir dolor?
La película reflexiona sobre nuestra tendencia a huir del sufrimiento y sobre la facilidad con la que podemos convertir a otra persona en el recipiente de aquello que no queremos soportar. Lo más inquietante es que quienes participan en ese proceso no se consideran crueles. Se ven como personas normales que únicamente buscan sentirse mejor. Ese es, para mí, el verdadero horror de la película.
No estamos ante una maldad evidente ni ante personajes que disfrutan causando daño. Estamos ante seres humanos que han encontrado una manera de desprenderse de su culpa, su tristeza y sus heridas, aunque eso implique trasladarlas a alguien más.
El planteamiento hace inevitable que el espectador dude de sí mismo. Mientras la veía, recordé un momento muy doloroso de mi propia vida y me descubrí preguntándome si, en aquel instante, habría estado dispuesta a hacer lo mismo con tal de dejar de sufrir.¿Entregaría mi dolor a otra persona si supiera que desaparecería de inmediato? ¿Lo haría aun sabiendo que esa persona tendría que cargar con él? ¿Sería capaz de justificarlo pensando que yo también merezco estar bien? No es una pregunta fácil de responder.
Una felicidad construida sobre la negación
Uno de los aspectos más interesantes de La sonrisa del mal es que no presenta el sufrimiento únicamente como algo negativo que debe eliminarse. El dolor puede destruirnos, pero también cumple una función. Nos obliga a mirar lo que ha sucedido, asumir responsabilidades, atravesar un duelo y, con el tiempo, transformarnos. Eliminarlo sin comprenderlo no equivale necesariamente a sanar.
Los habitantes de Remis no han superado sus heridas. Las han depositado en otro lugar. Su felicidad no nace de haber aprendido a convivir con lo vivido, sino de haber anestesiado una parte de sí mismos. Por eso sus sonrisas terminan resultando tan inquietantes.
La paz del pueblo es una ilusión sostenida mediante un sacrificio que casi nadie quiere observar de frente. Como sucede en muchas comunidades cerradas, la crueldad queda legitimada cuando suficientes personas se benefician de ella. Nadie quiere considerarse culpable porque todos han acordado tratar ese mecanismo como algo normal.
Strippoli combina el terror rural, el drama psicológico y una fuerte imaginería religiosa para construir una historia sobre la culpa, la fe, el fanatismo y la necesidad humana de encontrar alivio. Matteo adquiere ante los habitantes una dimensión casi sagrada: es el ser al que todos acuden para depositar aquello que no desean seguir sintiendo.
Pero detrás de ese supuesto milagro hay una pregunta ética que nadie parece querer hacerse: ¿quién cuida a la persona obligada a sostener el dolor de todos los demás?
Una de las propuestas más interesantes de Sitges
La sonrisa del mal fue una de las propuestas que más se me quedaron dentro de todas las que pude ver en el Festival de Sitges. No porque busque asustar constantemente ni porque dependa de sobresaltos fáciles, sino porque utiliza el terror para introducir una pregunta moral que continúa acompañándote cuando termina la proyección.
Su paso por la sección Noves Visions resulta especialmente coherente. Es una película que utiliza los códigos del género fantástico para construir una reflexión sobre la condición humana, el sufrimiento y la locura colectiva. La propia organización del festival la presentó como una fábula rural atravesada por una religiosidad malsana, en la que la felicidad de toda una comunidad esconde un sacrificio terrible. Paolo Strippoli construye una historia sobre el dolor, la culpa y la necesidad de encontrar alivio, pero también sobre el peligro de una sociedad que quiere sentirse bien a cualquier precio. La película me sorprendió, me hizo dudar y consiguió que trasladara su dilema a mi propia vida. Para mí, eso es lo que distingue una propuesta interesante de una película verdaderamente memorable.
Al salir de la sala del Festival de Sitges, ya no pensaba solamente en Sergio, Matteo o en los habitantes de Remis. Pensaba en todas las veces que buscamos dejar de sentir sin preguntarnos quién termina pagando el precio. Y comprendí que, en algunas historias, lo verdaderamente aterrador no es el dolor. Es lo que somos capaces de hacer para evitarlo.
Alisha Lizbeth es periodista, guionista y escritora, autora de Sana tu corazón roto y creadora de Método Referente. Síguela en Instagram: @jaguart_serenity_es
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